Durante siglos, economistas e historiadores han intentado explicar por qué Europa occidental terminó protagonizando una aceleración extraordinaria de innovación, productividad y crecimiento. La respuesta tradicional suele buscarse en instituciones, comercio, tecnología, capital o geografía. Pero Radek Stefanski propone mirar un nivel más profundo: antes de producir más máquinas, una sociedad quizá tuvo que aprender a tolerar mejor lo nuevo, cuestionar jerarquías y pensar a más largo plazo. Su intento es especialmente ambicioso porque busca convertir algo tan difícil de medir como la cultura en una variable económica cuantificable.
El problema era metodológico. Hablar de cultura resulta sencillo; medirla durante casi mil años es mucho más complicado. Stefanski recurrió a más de 23 mil libros pertenecientes al canon occidental y utilizó inteligencia artificial para analizar el sentido de los textos, no únicamente la frecuencia de determinadas palabras. A partir de ellos reconstruyó actitudes relacionadas con jerarquía, incertidumbre, autonomía individual y orientación temporal. La literatura se convierte así en una especie de fósil psicológico: conserva rastros de aquello que las élites de cada época consideraban aceptable, deseable o peligroso.
Aquí es importante entender qué está midiendo realmente. Los libros medievales o modernos no representan una encuesta de campesinos, artesanos o trabajadores. Reflejan principalmente a sectores alfabetizados capaces de escribir, publicar, enseñar y participar en instituciones. Eso podría parecer una limitación, pero también constituye parte del argumento: esas élites intelectuales fueron precisamente quienes administraron universidades, gobiernos, academias y redes donde posteriormente circularían muchas de las innovaciones científicas. Medir su mentalidad permite observar cambios dentro de los grupos que producían y legitimaban conocimiento.
Stefanski construye con esas variables una especie de resistencia cultural a la innovación, a la que denomina Innovation Wedge. Su estimación sugiere que esa barrera disminuyó aproximadamente 51% entre el año 1000 y 1920. El dato más provocador no es solamente la magnitud, sino el momento en que comenzó el cambio: una de las transformaciones más fuertes aparecería entre 1130 y 1230, mucho antes de Gutenberg, Lutero, Newton o las fábricas de Manchester. La modernidad intelectual, según esta interpretación, habría comenzado a incubarse en plena Edad Media.
Esto modifica una narrativa profundamente arraigada. Solemos imaginar el mundo medieval como un bloque inmóvil que repentinamente fue sacudido por el Renacimiento y después por la Ilustración. Pero Europa entre los siglos XII y XIII experimentó expansión universitaria, recuperación de textos clásicos, crecimiento urbano, desarrollo jurídico y circulación creciente del conocimiento. La revolución cultural que posteriormente facilitaría la innovación industrial podría haber comenzado siglos antes de que apareciera la propia industria. El motor económico habría necesitado primero una transformación lenta de las expectativas culturales.
Cuando Stefanski introduce esa evolución cultural dentro de un modelo económico de producción de ideas, el efecto resulta considerable. Según sus estimaciones, si la cultura hubiera permanecido congelada en niveles cercanos al año 1000, la productividad occidental hacia 1920 habría alcanzado apenas alrededor del 56% de su nivel observado. Además, esa transformación cultural podría explicar una parte importante de la primera aceleración económica europea entre 1500 y 1700. La innovación, en otras palabras, no depende solamente de tener inventores: también necesita sociedades dispuestas a permitirles equivocarse, experimentar y desafiar conocimientos establecidos.
La investigación conecta con intuiciones antiguas. Max Weber relacionó determinadas transformaciones religiosas con nuevas conductas económicas; Joel Mokyr ha insistido durante años en la importancia de una “cultura del crecimiento” que otorgó prestigio al conocimiento útil y a la experimentación. Estudios recientes también intentan cuantificar esa relación: Marc Klemp, por ejemplo, ha utilizado millones de textos históricos para construir indicadores de orientación hacia el conocimiento útil y estudiar su asociación posterior con innovación. La gran novedad consiste en que la historia cultural empieza a adquirir instrumentos cuantitativos que antes pertenecían casi exclusivamente a la economía.
Pero existe una advertencia fundamental: encontrar una relación entre cultura y crecimiento no resuelve automáticamente la causalidad. Una sociedad puede innovar porque se vuelve culturalmente más abierta, pero también puede volverse más abierta porque nuevas instituciones, tecnologías y condiciones económicas transforman sus valores. Es probable que ambos procesos se alimenten mutuamente. Las ideas cambian las instituciones y las instituciones cambian las ideas. Pretender identificar una única causa del ascenso económico occidental seguiría siendo una simplificación histórica.
Quizá lo más importante del trabajo de Stefanski sea precisamente haber convertido una vieja intuición en una pregunta medible. Si las sociedades heredan no sólo capital, edificios e instituciones, sino también formas de pensar que tardan generaciones en desaparecer, entonces el desarrollo económico posee una dimensión cultural mucho más profunda de lo que reflejan las estadísticas tradicionales. Una fábrica puede construirse en algunos años; una cultura capaz de aceptar sistemáticamente la innovación puede necesitar siglos. Y quizá la verdadera ventaja histórica de Occidente no comenzó cuando aprendió a fabricar máquinas, sino mucho antes, cuando lentamente empezó a perder el miedo a las ideas que todavía no existían.
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