Entramos de buen humor a una oficina y después de varias horas rodeados de tensión terminamos irritables. Conversamos con alguien entusiasmado y salimos inesperadamente motivados. Abrimos redes sociales durante unos minutos y una sucesión de publicaciones indignadas puede modificar nuestro estado de ánimo. Las emociones parecen profundamente individuales, pero también poseen una dimensión social: observamos constantemente a los demás y ajustamos parcialmente nuestras respuestas a aquello que ocurre alrededor.
La psicología denomina contagio emocional al proceso mediante el cual expresiones, comportamientos y estados afectivos pueden propagarse entre personas. Elaine Hatfield y sus colaboradores desarrollaron ampliamente el concepto desde la década de 1990, planteando que tendemos a imitar automáticamente determinados gestos, posturas y expresiones de quienes nos rodean. La convivencia produce pequeñas sincronizaciones que pueden contribuir a acercar nuestros estados emocionales. No necesitamos que alguien nos diga que está incómodo para comenzar a percibir que algo cambió en la habitación.
Esto ocurre porque somos una especie extraordinariamente social. Detectar rápidamente el miedo de otros pudo ser útil frente a una amenaza; compartir entusiasmo facilita coordinación y cooperación. Las emociones comunican información antes incluso de que aparezcan las palabras. Si varias personas comienzan repentinamente a mirar hacia una puerta con preocupación, probablemente nosotros también prestaremos atención. El cerebro utiliza a los demás como fuente de información para decidir cómo interpretar situaciones ambiguas.
El fenómeno se vuelve todavía más interesante cuando abandonamos una habitación y entramos a internet. En 2014, un polémico experimento realizado con cientos de miles de usuarios de Facebook modificó la proporción de publicaciones positivas y negativas que aparecían en sus noticias. Los investigadores observaron pequeños cambios posteriores en el lenguaje emocional utilizado por los propios usuarios. El tamaño del efecto fue reducido y el estudio provocó un enorme debate ético, pero dejó una pregunta extraordinariamente vigente: si nuestro entorno emocional puede influirnos, ¿qué ocurre cuando ese entorno es seleccionado por un algoritmo? (pnas.org)
Las redes actuales multiplican esa posibilidad. Una persona puede observar decenas de videos sobre infidelidades, inseguridad, conflictos políticos o dificultades económicas durante una sola sesión. Eso no demuestra que TikTok o Instagram transmitan automáticamente esas emociones ni que todos reaccionemos igual. Sin embargo, la exposición repetida puede modificar aquello que percibimos como frecuente o relevante. Si nuestro entorno digital está permanentemente enfadado, resulta fácil comenzar a sentir que el mundo entero también lo está.
Aquí aparece otro fenómeno psicosocial: la prueba social. Cuando no sabemos exactamente qué pensar o cómo actuar, observamos a los demás. Un restaurante lleno parece mejor; un video con millones de reproducciones parece más importante; una opinión repetida miles de veces puede sentirse más razonable. Las plataformas convierten esas señales en números visibles: seguidores, “me gusta”, compartidos y comentarios. Nunca habíamos dispuesto de tantos indicadores instantáneos para saber qué está haciendo aparentemente la multitud.
La consecuencia puede alcanzar incluso a la percepción del riesgo. Investigaciones sobre amplificación social han mostrado que las amenazas no son evaluadas únicamente mediante probabilidades estadísticas: también intervienen comunicación, cobertura mediática y respuestas sociales. Un acontecimiento extraordinariamente raro puede parecernos cotidiano si aparece constantemente frente a nosotros. No necesitamos experimentar personalmente una crisis para comenzar a vivir psicológicamente dentro de ella. La atención colectiva puede aumentar la presencia subjetiva de determinados peligros.
Esto también ayuda a comprender fenómenos políticos. Indignación, miedo y entusiasmo poseen una enorme capacidad movilizadora porque pueden convertirse en experiencias colectivas. Una multitud no es simplemente la suma matemática de individuos aislados: las personas observan las reacciones de quienes tienen alrededor y reinterpretan el acontecimiento desde ellas. En redes ocurre algo parecido, aunque sin compartir espacio físico. Una emoción puede convertirse en tendencia y una tendencia puede terminar convenciéndonos de que existe un estado de ánimo nacional que quizá sea mucho menos uniforme de lo que parece.
La lección psicosocial resulta incómoda porque contradice nuestra sensación de autonomía absoluta. No somos esponjas que absorben automáticamente cualquier emoción ajena, pero tampoco somos individuos completamente aislados. Parte de lo que sentimos se construye mientras observamos lo que sienten los demás. Y en una época donde pasamos horas dentro de ambientes seleccionados por algoritmos, elegir a quién seguimos puede significar algo más profundo que escoger entretenimiento: también estamos eligiendo una parte del clima emocional en el que viviremos diariamente.
Fuentes: Hatfield, Cacioppo y Rapson, “Emotional Contagion” (1994); Kramer, Guillory y Hancock, “Experimental Evidence of Massive-Scale Emotional Contagion Through Social Networks”, PNAS (2014); literatura científica sobre prueba social, influencia interpersonal y amplificación social del riesgo.
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