ANUNCIO

La BBC y el problema cuando un medio deja de informar y empieza a catequizar



Hay críticas a los medios que se quedan en el berrinche ideológico; y hay otras que, aunque incómodas, sirven para discutir un punto estructural: qué pasa cuando una organización periodística con prestigio global comienza a percibirse como un actor político. La BBC no es cualquier marca: durante décadas fue sinónimo de autoridad editorial en buena parte del planeta. Por eso, cuando se le acusa de sesgo, el debate no se limita a Londres: contamina la conversación pública internacional.

La frase que circula —y que condensa el argumento— es demoledora: que la inclinación izquierdista en la BBC sería “endémica”, producto de una captura cultural de largo plazo, y que habría sido apropiada por una clase activista que no se conforma con narrar hechos, sino que pretende decirle a la gente qué pensar. Más allá de si uno coincide o no con el diagnóstico, la acusación apunta a un miedo muy puntual: el periodismo que se concibe como educación moral obligatoria.

El problema no es que un medio tenga valores —todos los tienen— sino cuando la redacción confunde valores con misión evangelizadora. Informar es ordenar evidencia, verificar, contextualizar y abrir espacio a la ambigüedad. Catequizar es seleccionar realidad para empujar una conclusión única, donde el disenso aparece como ignorancia o maldad. Cuando esa lógica se instala, la audiencia ya no se divide entre “bien informada” y “mal informada”: se divide entre fieles y herejes.

El costo más alto de esa transformación no es reputacional; es democrático. Un medio público con alcance masivo cumple un papel delicado: debe ser confiable para públicos que no se soportan entre sí. Si una parte significativa de la ciudadanía siente que la cobertura opera con un libreto, la institución deja de ser puente y se vuelve trincheras con micrófono. Y cuando el periodismo pierde la función de árbitro razonable, la política se radicaliza: cada bando termina consumiendo solo aquello que confirma su identidad.

También hay un efecto externo: el prestigio global de una marca mediática puede volverse un escudo que le permita exportar, sin demasiada resistencia, una lectura particular del mundo. Si la reputación histórica “sobrevive” al desempeño cotidiano —como sugiere el autor—, entonces el riesgo es doble: se normaliza la desconfianza y, al mismo tiempo, se mantiene la influencia. Es la combinación perfecta para el cinismo: nadie cree del todo, pero todos siguen mirando.

La pregunta relevante no es si un medio puede ser neutral —no existe la neutralidad total—, sino si puede ser justo, es decir, capaz de incomodar a sus propios reflejos. Un periodismo saludable no es el que “equilibra” con caricaturas, sino el que evita que una sola sensibilidad capture el encuadre y defina qué temas merecen compasión, qué actores merecen sospecha y qué argumentos merecen burla. Cuando eso falla, la audiencia se entrena para una sola emoción: la superioridad moral.

Si se toma en serio la crítica, la salida no es la hoguera ni el aplauso automático: es exigir estándares visibles. Transparencia editorial, diversidad real de enfoques, rendición de cuentas cuando hay errores, y una cultura interna que premie la precisión más que la militancia. Porque un medio puede sobrevivir a una polémica; lo que no sobrevive es la confianza cuando la gente llega a la conclusión de que, detrás del noticiero, hay un manual para pensar.

Fuente: The Wall Street Journal (Opinion), Gerard Baker, “The Biased BBC Is Bad for Britain and the World” (publicado el 17 de noviembre de 2025; edición impresa del 18 de noviembre de 2025).

Publicar un comentario

0 Comentarios