De Buenos Aires a Santiago, pasando por Quito y Tegucigalpa, América Latina atraviesa lo que distintos analistas describen como un giro hacia gobiernos de derecha, aunque el mapa completo es más complejo de lo que sugiere el titular.
El punto de partida son las elecciones de 2025: Daniel Noboa se reelegió en Ecuador, Javier Milei consolidó su coalición en las legislativas argentinas, José Antonio Kast ganó la presidencia en Chile por casi 20 puntos de diferencia, y Nasry Asfura se impuso en Honduras con 80% del voto opositor concentrado contra la candidata oficialista, Rixi Moncada. El patrón que conecta estos triunfos, según análisis del Real Instituto Elcano, no es tanto una identidad ideológica compartida como un voto de castigo generalizado a los oficialismos, sin importar su signo político, en un contexto de bajo crecimiento económico, alza del costo de vida e inseguridad.
Ese matiz importa porque la etiqueta de "nueva derecha" agrupa a gobiernos con proyectos muy distintos entre sí. Milei representa la vertiente libertaria, alineada explícitamente con instituciones multilaterales como el FMI y el Banco Mundial. Bukele en El Salvador —aunque no forma parte del ciclo electoral de 2026— es la referencia regional del modelo de mano dura contra el crimen organizado, un enfoque que otros mandatarios, incluido el presidente interino de Perú, José Jerí, han intentado imitar. Kast en Chile combina conservadurismo social con una agenda económica promercado. Y Noboa en Ecuador ha construido su marca en torno a la seguridad, aunque perdió un referéndum reciente que buscaba ampliar sus facultades, lo que matiza la narrativa de un avance imparable.
El año 2026 será la prueba de fuego para saber si esta tendencia se consolida o se revela como un episodio más del "péndulo" político que históricamente ha caracterizado a la región. Cinco elecciones presidenciales están en juego: Costa Rica, Colombia, Perú, Brasil y Haití, además de comicios locales en Bolivia y Paraguay. En Brasil, Lula da Silva parte como favorito frente a cualquier rival de derecha; en Colombia, la oposición aún no logra unificar un candidato competitivo frente al desgaste del gobierno de Gustavo Petro. Si Lula gana y la izquierda retiene Colombia, los dos países más grandes de la región quedarían fuera de la tendencia derechista, lo que obligaría a matizar cualquier lectura de "giro regional homogéneo".
Lo que sí parece un fenómeno estructural, más allá del resultado electoral de cada país, es la pérdida de peso del centro político y el aumento de la fragmentación: presidentes electos con escaso margen para formar mayorías parlamentarias estables, obligados a negociar caso por caso con congresos fragmentados, en una región donde gobernar sin mayoría propia se ha vuelto la norma más que la excepción.
Fuentes: Real Instituto Elcano, J.P. Morgan Private Bank América Latina, CIDOB.

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