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La ciencia social mira al poder, pero ¿olvida demasiado al cerebro humano?



Las ciencias sociales construyeron buena parte de sus grandes explicaciones alrededor de instituciones, cultura, clase, educación, desigualdad y poder. Lorenzo Warby plantea una crítica radical a esa tradición: si la conducta social emerge de seres humanos producto de la evolución, ninguna teoría seria sobre la sociedad debería contradecir aquello que sabemos sobre biología, evolución y naturaleza humana. Desde esa perspectiva, una sociología completamente desconectada de la biología cometería el mismo error que una medicina que intentara explicar el cuerpo sin aceptar la química.

La provocación contiene una intuición científicamente atendible. La genética conductual lleva décadas mostrando que numerosos rasgos psicológicos presentan algún grado de heredabilidad y que las diferencias individuales no pueden explicarse exclusivamente mediante crianza o condiciones sociales. Personalidad, capacidades cognitivas y determinadas actitudes muestran componentes genéticos medibles. El ser humano no llega al mundo como una hoja completamente en blanco sobre la cual la sociedad escribe libremente. La biología establece predisposiciones, posibilidades y restricciones que cualquier explicación social completa debería considerar.

Pero aceptar ese punto no obliga a convertir toda explicación social en genética. La investigación contemporánea muestra precisamente algo más complejo: genes y ambiente interactúan constantemente. Los individuos modifican los ambientes que experimentan y esos ambientes, a su vez, influyen en cómo se expresan determinadas predisposiciones. La oposición entre “naturaleza” y “cultura” resulta científicamente cada vez menos útil, porque el comportamiento humano emerge de sistemas donde biología y contexto se retroalimentan.

Ahí aparece el principal problema con llevar demasiado lejos la tesis de Warby. Una característica puede ser heredable dentro de una población y, aun así, las diferencias observadas entre poblaciones o grupos no pueden atribuirse automáticamente a diferencias genéticas. Los efectos ambientales, la historia, las instituciones y las condiciones materiales también modifican profundamente los resultados. Además, los propios investigadores advierten que las puntuaciones poligénicas pueden perder capacidad predictiva cuando se trasladan entre poblaciones con ancestrías o contextos distintos. Herencia individual no equivale a explicación genética de la desigualdad colectiva.

La discusión adquiere entonces una dimensión política. Parte de las ciencias sociales ha desconfiado históricamente de las explicaciones biológicas porque conceptos como raza, inteligencia o herencia fueron utilizados para legitimar jerarquías, colonialismo y políticas eugenésicas. Ese pasado explica parte de la resistencia, aunque no justifica ignorar evidencia genética contemporánea. La ciencia pierde credibilidad tanto cuando convierte toda desigualdad en biología como cuando decide de antemano que la biología jamás puede participar en una explicación social. El problema aparece cuando una conclusión moral comienza a determinar qué hipótesis pueden siquiera formularse.

Warby dirige precisamente su crítica hacia lo que considera un “moralismo igualitario” que interpretaría las diferencias de resultados principalmente como consecuencia de estructuras externas. Sin embargo, aquí conviene distinguir igualdad moral de igualdad empírica. Las personas presentan diferencias individuales reales en temperamento, capacidades, preferencias y predisposiciones; reconocerlas no implica establecer una jerarquía de dignidad. Una democracia puede afirmar que los ciudadanos poseen los mismos derechos sin sostener que son biológicamente idénticos. Confundir ambas afirmaciones transforma una discusión científica en una batalla ideológica.

También existe un problema de poder dentro de la propia producción de conocimiento. Cada disciplina desarrolla conceptos, instituciones y fronteras sobre aquello que considera una explicación legítima. Economistas privilegian incentivos, sociólogos estructuras, psicólogos procesos individuales y genetistas variación biológica. La consiliencia —la aspiración de que distintos niveles de conocimiento sean compatibles— resulta atractiva precisamente porque obliga a esas disciplinas a hablar entre sí. Una ciencia social más sólida probablemente no será menos social, sino más capaz de integrar biología, cultura, instituciones e historia sin reducir una dimensión a otra.

La pregunta importante, por tanto, no es si las ciencias sociales deberían “rendirse” ante la biología. Tampoco si la genética permite explicar directamente por qué determinados grupos tienen resultados diferentes. El desafío consiste en construir explicaciones donde ninguna evidencia sea descartada porque incomoda ideológicamente y ninguna correlación biológica sea convertida apresuradamente en destino. El ser humano es simultáneamente organismo, individuo y miembro de una sociedad; comprenderlo exige estudiar los tres niveles. Una ciencia que ignore cualquiera de ellos corre el riesgo de transformar sus preferencias teóricas en las fronteras mismas de la realidad.

Fuente: Lorenzo Warby. “Why social ‘science’ mostly isn’t science” (2026), contrastado con literatura contemporánea sobre genética conductual, interacción gen-ambiente y limitaciones de los índices poligénicos.

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