Durante un tiempo parecía que el populismo había encontrado su “orden natural”: derecha en Europa, izquierda en América Latina. En el Norte, el conservadurismo nacionalista capitalizó la rabia contra la globalización señalando culpables externos —migración, mercancías, “élites globales”— y subió al poder montado en el miedo. En el Sur, la reacción tomó otro cauce: castigar electoralmente a los partidos asociados con los privilegiados y empujar gobiernos que prometían reparación social.
Ese mapa —derecha allá, izquierda acá— dejó de encajar tan pronto como la marea roja empezó a desteñirse. En los últimos años, varios países han girado hacia opciones conservadoras después de experiencias progresistas que, con matices, intentaron redistribuir, ampliar transferencias y corregir abusos. La pregunta no es menor: ¿por qué votar contra gobiernos que, al menos al inicio, sí mejoraron la vida de los de abajo?
Una clave está en algo que casi nunca se dice en voz alta: las políticas populares tienen rendimientos decrecientes. El primer tramo es visible y políticamente rentable: pensiones, subsidios, alzas salariales, freno de prácticas abusivas. Ese arranque produce alivio real, incluso estadístico: millones salen de la pobreza. Pero llega un punto en que el impulso inicial ya no alcanza, y aparece el bloqueo: el Estado topa con límites presupuestales.
Cuando el gobierno intenta estirar la redistribución con endeudamiento o subiendo impuestos, suele pagar costos: inflación, salida de capitales, depreciación, estancamiento. Entonces ocurre lo más corrosivo para cualquier proyecto popular: la gente siente que “la derrama” se detuvo, pero el costo de vida siguió subiendo y el empleo digno no llegó. En muchos casos se logró repartir mejor, sí, pero sobre un pastel que no creció.
Ese desgaste es el combustible perfecto para el siguiente giro del péndulo: aparecen candidatos oportunistas —jilgueros con micrófono— que toman la ansiedad y la convierten en relato épico. Le roban a la izquierda la rabia, se declaran víctimas del sistema, prometen dinamitar lo políticamente correcto y, sobre todo, ofrecen una sensación de control: alguien a quien culpar, alguien a quien castigar, algo simple que creer. En un ambiente moldeado por redes sociales, la estridencia se premia y la complejidad se castiga.
Por eso el voto conservador no necesariamente significa que “la gente se volvió rica” o que se enamoró de políticas pro-élite. Muchas veces es una reacción al cansancio: si el presente no mejora y el futuro se ve incierto, la alternancia se vuelve un acto de supervivencia emocional. No se vota por el programa, se vota por el giro; no por el modelo, sino por la esperanza de que “algo cambie”, aunque sea a ciegas.
¿Y México? Hoy luce como una excepción por dos razones: popularidad sostenida y control político-institucional más amplio que el de varios gobiernos progresistas que terminaron derrotados. Eso reduce el riesgo inmediato. Pero la excepción no es garantía. El reto real no es conservar el relato; es sostener resultados donde suele romperse el experimento regional: seguridad e ingresos. Si se logra bajar la criminalidad y, sobre todo, hacer crecer el pastel con empleo y poder adquisitivo, el péndulo puede mantenerse. Si no, el mismo malestar que ya empujó giros en otros países encontrará tarde o temprano una puerta de entrada.
Fuente: Jorge Zepeda Patterson, “América Latina se derechiza, ¿y México?”, EL PAÍS México, 17 de diciembre de 2025.

0 Comentarios