Hay una lectura romántica de la redistribución: la sociedad decide, por justicia y empatía, transferir recursos del rico al pobre. También hay una lectura cínica: se redistribuye por presión, culpa o cálculo electoral. Pero existe una tercera explicación, más cruda y quizá más realista, que los datos empiezan a iluminar con fuerza: la gente con más que perder puede apoyar políticas progresivas porque teme perderlo todo por la vía violenta.
Dicho sin maquillaje: la redistribución funciona, en parte, como un mecanismo de prevención de estallidos. No implica que los ricos “sean buenos” o “sean malos”. Implica algo más básico: cuando perciben que el resentimiento social puede convertirse en amenaza concreta, muchos prefieren ceder una parte de manera voluntaria antes que arriesgarse a una desposesión total. Es el cálculo del mal menor, el instinto de autopreservación disfrazado de política pública.
La evidencia apunta a lo siguiente: el miedo a ser desposeído violentamente predice mayor apoyo a la redistribución progresiva, incluso cuando se controlan otras motivaciones que suelen explicar ese apoyo. Esto importa porque rompe el cliché de que solo se apoya el Estado de bienestar por altruismo, ideología o envidia. La tesis es más incómoda: también se apoya por temor, como quien paga una póliza porque intuye que el incendio es posible.
El hallazgo no se queda en una intuición filosófica. En estudios realizados en Reino Unido y Estados Unidos, el patrón aparece con consistencia: a mayor temor de desposesión violenta, mayor respaldo a impuestos progresivos, transferencias y esquemas de protección social. Y lo interesante es que el efecto se mantiene aun cuando se meten a la ecuación variables como orientación política y otros impulsos morales o económicos. En otras palabras: no es solo “me conviene” o “me parece justo”; es “me da miedo el costo de no hacerlo”.
Esto, además, reordena una discusión que suele estar contaminada por caricaturas. La clase media, por ejemplo, no siempre se mueve por compasión pura ni por resentimiento; muchas veces actúa como un grupo que siente fragilidad: teme caer y teme que los de abajo estallen. Y los de arriba, por su parte, pueden abrazar la redistribución como una forma de estabilidad: comprar paz social no con discursos, sino con transferencias institucionalizadas.
Si se acepta esta lógica, el Estado de bienestar deja de ser solo “proyecto moral” y se entiende también como arquitectura de contención. No es una confesión de virtud: es una estrategia de supervivencia colectiva. La redistribución no sería únicamente solidaridad; sería, en parte, un precio que las sociedades complejas pagan para no vivir en permanente riesgo de ruptura.
La conclusión no es que todo se reduzca al miedo. La conclusión es que el miedo también gobierna, aunque no lo admitamos. Y quizá por eso la conversación sobre impuestos y transferencias debería dejar de fingir pureza: en política real, la cooperación suele nacer de una mezcla incómoda de principios, intereses… y amenazas percibidas.
Fuente: Sznycer, D. & Bates, T. C. (2025). Bismarckian welfare revisited: Fear of being violently dispossessed motivates support for redistribution. Evolution and Human Behavior, 46(6), 106754.

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