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La opinión pública en redes es un espejismo: hablan pocos, miran millones



 Una de las distorsiones más peligrosas de nuestra época es creer que lo que “se ve” en redes equivale a lo que “piensa” la sociedad. En realidad, la conversación política digital suele ser la punta de un iceberg: un puñado de usuarios muy activos produce la mayor parte del contenido, mientras la mayoría consume en silencio. Cuando confundimos visibilidad con representatividad, terminamos leyendo el ruido como si fuera mandato social.

El mecanismo es sencillo y brutal. Si la producción está concentrada, entonces el debate público que “parece” dominar la agenda en línea no necesariamente refleja la distribución real de posturas fuera de la pantalla. La consecuencia inmediata es una percepción inflada de polarización: si quienes postean más son también quienes sienten más fuerte, argumentan más duro o están más politizados, la red se convierte en un escenario donde lo moderado se vuelve invisible y lo extremo parece mayoría.

La segunda capa del problema es emocional. No solo hablan pocos: tienden a imponerse los tonos más corrosivos. Hay evidencia de que los comentaristas frecuentes están asociados a mayor interés político y posturas más polarizadas, y que el entorno de incivilidad puede contagiarse: la exposición a lenguaje tóxico aumenta la probabilidad de respuestas más tóxicas. En términos prácticos, aunque la mayoría de las personas no esté de acuerdo con comentarios agresivos, esos comentarios aparecen más, circulan más y se recuerdan más. Así nacen percepciones falsas sobre “lo que piensa la gente”.

El efecto social es devastador porque empuja a la autocensura. Si el espacio público digital parece hostil, muchos optan por no participar, y el silencio alimenta todavía más la ilusión de que “solo existe” una postura dominante. Es un círculo vicioso: la minoría ruidosa se ve más grande porque la mayoría prefiere no exponerse, y esa ausencia se interpreta como aprobación o indiferencia.

Esto no es un detalle académico. Tiene consecuencias directas para la política pública, el periodismo y la gobernanza. Si autoridades, medios y líderes toman decisiones basadas en “lo que trendéa”, pueden acabar respondiendo a una muestra sesgada del país: no al interés general, sino a la presión de los hiperactivos. Y si la ciudadanía adopta la misma lente, aumenta el cinismo: “todos están locos”, “nadie quiere dialogar”, “el país se rompió”, cuando en muchos casos lo que se rompió es la forma de medirnos.

La salida no pasa por romantizar el silencio ni por demonizar al que participa. Pasa por recuperar criterios: entender que redes no son encuestas, que un hilo viral no es una mayoría, que la indignación no equivale a consenso. Y, sobre todo, por asumir que el diseño de los espacios importa: si queremos un debate menos distorsionado, necesitamos entornos que reduzcan incentivos a la toxicidad y amplíen la participación sin castigar al usuario común.

La pregunta de fondo ya no es “¿qué se dijo en redes?”, sino quiénes lo dijeron, cuántos son, y cuántos prefirieron callar. Porque, si no hacemos esa distinción, seguiremos gobernando —y peleando— con mapas falsos.

Fuente: Oswald, L., Schulz, W., Hertwig, R., Lazer, D., & Stier, S. (2025). The Tip of the Iceberg: How the Social Media Production-Consumption Gap Distorts Public Opinion for Citizens and Researchers (preprint, SocArXiv). https://osf.io/preprints/socarxiv/frcv5_v1 ; Kim, J. W., Guess, A., Nyhan, B., & Reifler, J. (2021). The Distorting Prism of Social Media: How Self-Selection and Exposure to Incivility Fuel Online Comment Toxicity. Journal of Communication, 71(6), 922–946.

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