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Tres puntos ciegos que deforman casi cualquier discusión política



 La política contemporánea suele presentarse como un duelo de datos, pero en la práctica se vive más como una pelea por el significado del mundo. Antes de que entren los argumentos, ya entró un marco mental: una historia básica sobre quién sufre, quién amenaza, quién manda y quién pierde. Ese marco no solo orienta nuestras opiniones; selecciona qué parte de la realidad consideramos “la importante”.

Por eso hay debates que nunca avanzan. No es que falten hechos, es que sobran lentes incompatibles. La gente mira el mismo acontecimiento y ve cosas distintas porque interpreta, desde el inicio, cuál es el conflicto central de la vida pública. Y cuando cada quien cree estar defendiendo “lo esencial”, cualquier concesión parece traición.

En ese sentido, hay una síntesis tan clara como incómoda: tres tradiciones políticas tienden a orbitar alrededor de tres amenazas distintas. No es una etiqueta para ridiculizar a nadie; es una herramienta para entender por qué los desacuerdos se vuelven estructurales, repetitivos, casi automáticos. La política cambia de tema, pero el guion mental se repite.

Para la izquierda, el mundo se lee como una batalla entre víctimas y opresores. El foco está en el poder asimétrico, la desigualdad, la exclusión y los daños que se normalizan desde arriba. El punto ciego aparece cuando ese lente se vuelve el único: cuando todo se reduce a dominación, se corre el riesgo de simplificar realidades complejas y de tratar cualquier duda como complicidad.

Para el conservadurismo, el mundo se vive como una batalla entre civilización y barbarie. El foco está en el orden, la cohesión social, la continuidad institucional y la fragilidad de las normas que permiten vivir en paz. El punto ciego surge cuando la defensa del orden se confunde con blindaje: cuando el miedo al caos vuelve sospechosa cualquier reforma, o cuando el disenso se interpreta como amenaza existencial.

Para el libertarismo, el mundo es una batalla entre libertad y coerción. El foco está en el poder del Estado, la autonomía individual, la captura regulatoria y el peligro de que la autoridad se vuelva abuso. El punto ciego aparece cuando toda intervención se asume como tiranía en potencia: se puede subestimar que hay problemas colectivos reales que, sin alguna coordinación pública, terminan en formas privadas de coerción igual o peores.

Lo interesante no es decidir qué lente “gana”, sino entender que cada lente ve algo real y también deja algo fuera. Cuando un debate se atora, muchas veces no se necesita más volumen de argumentos, sino una pregunta mejor: ¿qué amenaza crees que está en juego aquí? Si logro identificar eso —opresión, caos o coerción— puedo al menos hablarle al nervio del desacuerdo y no solo a la superficie.

Y quizá ahí está la utilidad práctica de esta idea: no para relativizar convicciones, sino para recuperar un mínimo de conversación. Porque una democracia no se rompe solo por diferencias; se rompe cuando cada bando asume que el otro no está equivocado, sino que es peligroso por definición. Reconocer los puntos ciegos no nos vuelve tibios; nos vuelve, cuando menos, menos manipulables.

Fuente: Steve Stewart-Williams, “Three Blind Spots in Politics: Life as a battle against oppression, chaos, or coercion” (The Nature-Nurture-Nietzsche Newsletter, 9 de octubre de 2024). 

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