A fines de 2010 y principios de 2011, protestas masivas derribaron gobiernos en Túnez y Egipto y sacudieron a buena parte del mundo árabe. Las fuentes consultadas son balances de 2020 a 2023, por lo que no cubren los años más recientes, y la situación de varios países pudo haber cambiado desde entonces. Según una nota de Semana de enero de 2021, Túnez fue el punto de partida, con la caída de Ben Ali el 14 de enero de 2011, y Mubarak cayó en Egipto el 11 de febrero.
Túnez fue visto durante años como la excepción. Un texto de la AFP publicado por Observador CR en diciembre de 2020 señala que su transición fue relativamente pacífica, aunque la situación económica que provocó la revuelta no había mejorado. Pero un análisis de Moussa Bourekba, del centro CIDOB, publicado en el anuario de 2023, cuenta que esa transición se revirtió en 2021: el presidente Kais Saied disolvió el Parlamento y el Consejo Superior de la Magistratura, impulsó una nueva Constitución con más poder para la presidencia y encarceló a opositores. Es decir, lo que en 2021 se presentaba como un éxito se lee dos años después de otra manera.
En Egipto, Mubarak cayó, en 2012 se eligió a Mohamed Morsi y en julio de 2013 un golpe encabezado por Abdelfatah al Sisi lo derrocó. Según AFP, el gobierno de Al Sisi es al menos tan autoritario como el de Mubarak, y Semana recoge una fuente según la cual la seguridad y la economía mejoran pero sin democracia ni libertad de expresión. En Libia, tras la caída de Gadafi, los revolucionarios se dividieron en milicias y el país se fragmentó; en Yemen, un conflicto alimentado por el sectarismo continuaba; y en Bahréin el levantamiento fue reprimido con ayuda de Arabia Saudita, según AFP.
El caso más grave es Siria. Según AFP, la represión dejó más de 380.000 muertos y los yihadistas hallaron terreno fértil; Semana, en cambio, habla de unas 120.000 muertes civiles y cerca de seis millones de refugiados. Las cifras difieren porque miden cosas distintas, muertos totales frente a civiles, y por la fecha y la fuente de cada una, y ninguna de las dos las detalla. En ambos textos, el balance es que Siria, Libia y Yemen quedaron en guerra civil.
La tesis de Bourekba ayuda a entender el conjunto. Sostiene que la contrarrevolución ha ganado terreno, pero no eliminó las causas de las revueltas de 2011, y que la autocracia no garantiza estabilidad. Describe una narrativa autoritaria de "o yo o el caos", una coordinación entre Arabia Saudita y los Emiratos para reprimir a la oposición y un cambio de actitud de actores externos: la Unión Europea pasó de exigir condiciones democráticas a priorizar la migración, el antiterrorismo y la energía, y Estados Unidos volvió al paradigma de la estabilidad. También señala que las experiencias islamistas en el poder no cumplieron sus promesas, en parte por errores propios y en parte por cooptación y represión.
Las voces optimistas insisten en que no todo se perdió. Según AFP, el académico Arshid Adib-Moghaddam sostiene que las demandas siguen latentes y podrían resurgir; la escritora Ahdaf Soueif cree que aún es pronto para concluir y ve avances sociales en Egipto; y Lina Mounzer afirma que la forma en que la gente ve a sus líderes cambió para siempre. Entre 2018 y 2019 hubo una segunda ola de protestas en Sudán, Argelia, Irak y Líbano. Bourekba considera que la pregunta no es si habrá nuevas olas sino cuándo, aunque es una predicción de un analista. Lo comprobable es que las causas de fondo persisten y que los desenlaces fueron muy distintos de un país a otro.
**Fuentes:** Semana (¿En qué quedó la Primavera Árabe 10 años después de la revolución?, 29 de enero de 2021); Observador CR / AFP (Diez años después de la euforia, qué queda de la Primavera Árabe, 30 de diciembre de 2020); CIDOB (La contrarrevolución árabe: ¿un preludio a una nueva ola revolucionaria?, Moussa Bourekba, Anuario Internacional CIDOB 2023).

0 Comentarios