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El poder solo tiene que esperar a que te canses


La indignación ha sido el combustible más rápido de la política: enciende reputaciones, organiza multitudes, acelera agendas. Pero también tiene un defecto estructural que los movimientos suelen descubrir tarde: es finita. La indignación moviliza, sí, pero también desgasta, y puede ser gobernada. El ciclo es reconocible incluso cuando cambia el tema: escándalo → pico emocional → saturación → fatiga → cinismo. Cuando la acción colectiva depende casi por completo de emoción y no de estructura, la política se vuelve una economía de atención donde siempre gana quien controla el ritmo de la crisis.


La teoría de ciclos de protesta ayuda a entender por qué ese patrón no es un “vicio de redes”, sino una dinámica recurrente de la contienda. Sidney Tarrow describió los ciclos de acción colectiva como periodos de ascenso y declive donde se expanden repertorios, se difunden marcos y luego llega la desilusión, la represión o la fragmentación. La indignación es el disparador frecuente del ascenso, pero no garantiza la consolidación: un ciclo puede producir visibilidad sin producir poder durable. Cuando el momento de “todo es posible” se disuelve, lo que queda decide el resultado: organización, recursos, coordinación, alianzas y capacidad de sostener costos.


El problema contemporáneo es que la arquitectura digital vuelve más fácil iniciar un incendio y más difícil sostener una campaña. Bennett y Segerberg lo conceptualizaron como acción conectiva: movilizaciones coordinadas por comunicación personalizada, con identidades más ligeras y costos de entrada más bajos. Esa elasticidad ayuda a crecer rápido, pero también genera fragilidad: sin mecanismos estables de decisión, disciplina y negociación, el movimiento puede volverse adicto al “pico” emocional y vulnerable a la dispersión cuando el tema deja de ser tendencia.


Aquí aparece el dato duro que explica por qué la indignación se convierte en combustible de corto plazo: las plataformas premian su expresión. En un artículo en Science Advances, Brady y colegas mostraron —con dos estudios observacionales preregistrados en Twitter (7,331 usuarios y 12.7 millones de tuits) y dos experimentos (N=240)— que el feedback positivo (likes/retuits) a expresiones de indignación moral incrementa la probabilidad de que el usuario exprese indignación en el futuro, consistente con aprendizaje por refuerzo y normas de red. Es decir: la indignación no solo surge, se entrena.


El resultado político es un circuito perverso. Si la indignación se recompensa, se produce más indignación; si hay más indignación, sube la saturación; si sube la saturación, llega la fatiga; cuando llega la fatiga, el público no “madura”: muchas veces se cierra, se vuelve cínico o se refugia en identidades afectivas. En esa transición, la conversación pública puede degradarse a bandos que ya no discuten hechos sino pertenencias. La literatura sobre polarización afectiva lo ha descrito como animadversión partidista que se intensifica por dinámicas de identidad más que por diferencias programáticas; en ese contexto, la indignación se vuelve un estilo de vínculo político.


Por eso la indignación es gobernable. Un gobierno, un partido o una marca no necesita “apagar” todas las críticas; le basta con administrar tiempos y estímulos: anunciar comisiones, abrir investigaciones, soltar una reforma simbólica, filtrar información, alargar procedimientos, cambiar el tema, provocar una guerra cultural paralela. El objetivo no siempre es convencer: es drenar energía, dividir coaliciones, hacer que la indignación se consuma a sí misma. Cuando el costo emocional sube y la estructura organizativa no sostiene, aparece el cansancio colectivo: no la derrota por argumentos, sino la derrota por agotamiento.


La lección incómoda para movimientos y para ciudadanía no es que la indignación sea inútil. Es que la indignación sirve para abrir puertas, pero rara vez para construir casas. Para no perder en el punto de fatiga, la indignación tiene que transformarse en infraestructura: metas verificables, organización distribuida, caja de herramientas legal, acuerdos mínimos, cuidado de militancia, rutas de incidencia, y una estrategia de tiempo más larga que el ciclo de escándalo. Si no, el sistema aprende un truco viejo: esperar. La indignación se termina; el poder, si conserva estructura, no.


Referencias 


Bennett, W. L., & Segerberg, A. (2012). The logic of connective action: Digital media and the personalization of contentious politics. Information, Communication & Society, 15(5), 739–768.


Brady, W. J., Crockett, M. J., & Van Bavel, J. J. (2021). How social learning amplifies moral outrage expression in online social networks. Science Advances, 7(33), eabe5641.


Iyengar, S., Sood, G., & Lelkes, Y. (2012). Affect, not ideology: A social identity perspective on polarization. Public Opinion Quarterly, 76(3), 405–431.


Iyengar, S., Lelkes, Y., Levendusky, M., Malhotra, N., & Westwood, S. J. (2019). The origins and consequences of affective polarization in the United States. Annual Review of Political Science, 22, 129–146.


Tarrow, S. (1993). Cycles of collective action: Between moments of madness and the repertoire of contention. Social Science History, 17(2), 281–307.

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