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Estudios revelan que revoluciones crean élites nuevas


Desde 1789 hasta la cultura política contemporánea, persiste una fábula potente: la revolución como máquina moral que “barre privilegios” y produce igualdad. La escena es conocida: el pueblo derriba a los de arriba, el poder cambia de manos y, por fin, se corrige el reparto. El problema es que esa narrativa —útil para movilizar, justificar sacrificios y consolidar legitimidad— confunde dos cosas distintas: cambiar gobernantes y cambiar la estructura del poder. Muchas revoluciones sustituyen quién manda, pero conservan (o reconfiguran) los incentivos que concentran recursos, castigan disidencias y fabrican lealtades. Aparecen élites sustitutas con símbolos nuevos y mecanismos viejos.


Vilfredo Pareto lo formuló sin romanticismo: los grandes quiebres históricos suelen ser, más que una inversión social completa, una circulación de élites. No desaparece la élite; cambia su composición. La tesis suena cínica porque recorta el heroísmo popular, pero es útil porque desplaza la pregunta central: ¿qué condiciones impiden que el cambio de élites se convierta en redistribución sostenida del poder?


La evidencia comparada ofrece un primer golpe a la ilusión igualitarista: incluso cuando cae un dictador o se rompe un régimen, lo que sigue rara vez es “igualdad”. En el registro sistemático de transiciones autoritarias de Geddes, Wright y Frantz (1946–2010), menos de una cuarta parte de las destituciones de dictadores terminan en democratización; además, más de la mitad de los cambios de régimen son transiciones de una autocracia a otra autocracia. Dicho en frío: el derrumbe del líder o del régimen no garantiza apertura; con frecuencia inaugura un nuevo arreglo entre élites (Geddes et al., 2014). Para subrayar lo incómodo: aun cuando la caída ocurre por movilización social, la probabilidad de democracia no es un destino automático; en un análisis que compila estos procesos, solo 41% de las revueltas masivas que expulsan dictaduras tras la Segunda Guerra Mundial fueron seguidas por democratización (Lachapelle, 2021).


¿Por qué ocurre este patrón? Porque la revolución abre una disputa que rara vez es “pueblo vs élite” en abstracto; suele ser, en gran medida, una guerra por la coalición ganadora. La teoría del selectorado (Bueno de Mesquita y coautores) lo vuelve brutalmente claro: cualquier líder necesita una base mínima que lo sostenga; si esa base es pequeña, el poder se estabiliza repartiendo bienes privados —cargos, rentas, licencias, contratos— a un círculo estrecho. La revolución, entonces, no elimina el reparto; a menudo lo reinventa con nuevos beneficiarios. Cambia el uniforme del intermediario, no la lógica del intercambio (Bueno de Mesquita et al., 2003).


Esto ayuda a entender por qué la desigualdad puede moverse sin que el poder se democratice. Hay trabajos clásicos que modelan precisamente ese rebote: Kelley y Klein propusieron que una revolución puede reducir desigualdad y herencia de estatus inicialmente, pero después el sistema tiende a reproducir estratificación bajo nuevas reglas, y el beneficio no se distribuye de forma plana entre quienes apoyaron el quiebre (Kelley & Klein, 1977). La promesa de igualdad total suele chocar con un hecho sociológico: incluso los proyectos que redistribuyen pueden generar nuevos gradientes de poder si no transforman las instituciones que asignan recursos, controlan coerción y distribuyen oportunidades.


Un ejemplo útil —no para idealizarlo, sino para mostrar mecanismos— es Irán: investigaciones han documentado reducciones de desigualdad durante el periodo revolucionario y la guerra, con estimaciones de descensos fuertes del índice de Gini en 1979–1988 (Farzanegan, 2023). Pero la propia literatura sobre el caso muestra que “igualdad” no equivale a “fin de élites”: lo que se reorganiza es quién captura posiciones estratégicas del Estado, cómo se distribuyen rentas y qué grupos se vuelven indispensables para la estabilidad del régimen. La desigualdad puede bajar, sí; pero el reemplazo de élites puede ocurrir simultáneamente, e incluso alimentarse de esa redistribución selectiva.


El punto controversial —y el que suele evitarse por incomodidad política— es este: la revolución no es garantía de igualdad; es una ventana de reconfiguración de élites. El desenlace depende de si, después del quiebre, se institucionalizan reglas que amplíen de verdad quién cuenta en la toma de decisiones (y no solo en el discurso), limiten la captura de rentas, vuelvan auditable el acceso a cargos y contratos y reduzcan la dependencia de la lealtad política como atajo hacia recursos y movilidad. Cuando eso no ocurre, el proceso tiende a institucionalizarse como aparato: ministerios, partidos, fuerzas de seguridad, sindicatos corporativos, redes clientelares. La consigna de igualdad se vuelve gramática de legitimidad mientras el poder se vuelve ingeniería de incentivos.


En términos ideológicos, la idea de que “toda revolución iguala” funciona como coartada para dos bandos: para el oficialismo, porque convierte la crítica en traición a la causa; para la oposición, porque reduce cualquier proyecto transformador a cinismo inevitable. La evidencia obliga a una posición menos cómoda y más útil: las revoluciones pueden abrir posibilidades redistributivas, pero también pueden producir élites nuevas con incentivos de cierre y extracción. Por eso, la pregunta adulta no es si la revolución “traiciona” por naturaleza, sino qué arreglos institucionales impiden que el cambio de élites se haga pasar por igualdad.


Referencias:

Bueno de Mesquita, B., Smith, A., Siverson, R. M., & Morrow, J. D. (2003). The logic of political survival. MIT Press.


Farzanegan, M. R. (2023). The effect of Islamic revolution and war on income inequality in Iran. Empirical Economics. https://doi.org/10.1007/s00181-023-02365-2


Geddes, B., Wright, J., & Frantz, E. (2014). Autocratic breakdown and regime transitions: A new data set. Perspectives on Politics, 12(2), 313–331. https://www.vanderbilt.edu/csdi/events/Geddes927.pdf


Kelley, J., & Klein, H. S. (1977). Revolution and the rebirth of inequality: A theory of stratification in postrevolutionary society. American Journal of Sociology, 83(1), 1–27.


Lachapelle, J. (2021). How to build democracy after authoritarian breakdown (V-Dem Working Paper No. 122). V-Dem Institute. https://v-dem.net/media/publications/wp_122_final.pdf


Pareto, V. (1935). The mind and society (A. Bongiorno & A. Livingston, Trans.). Harcourt, Brace. (Original work published 1916)

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