ANUNCIO

La política existe en el papel y fracasa en el territorio


En América Latina abundan políticas que “existen” de forma impecable: decreto publicado, reglas de operación, manuales, comunicados y hasta indicadores. Sin embargo, cuando llegan al territorio se deshacen como una promesa mal calibrada. No es solo incompetencia; es una brecha estructural entre diseño e implementación. La política se concibe como si el Estado fuera un circuito cerrado; pero en la calle opera como un sistema abierto, lleno de fricciones, interpretaciones y supervivencia administrativa.

El primer error suele ocurrir antes de la implementación: en la agenda. Kingdon explicó que muchas políticas nacen cuando se alinean tres corrientes —problemas, soluciones y política— dentro de una “ventana de oportunidad”. Esa alineación produce velocidad y consenso superficial: hay prisa por aprobar, por “hacer algo”, por capitalizar el momento. El costo aparece después: el diseño se arma bajo presión y se vuelve optimista por necesidad. Se suponen capacidades que no existen, coordinación que nadie garantiza y comportamientos ciudadanos que el territorio no puede sostener.

Luego viene el choque con la burocracia real. Pressman y Wildavsky mostraron que implementar es multiplicar puntos de fallo: cada actor adicional, cada trámite, cada autorización, cada coordinación interinstitucional aumenta la probabilidad de que el resultado se degrade. El diseño puede ser lógico; la cadena de ejecución, no. En sistemas estatales fragmentados, la política no falla por una gran traición; falla por cien micro-interrupciones: compras tardías, rotación de personal, convenios incompletos, criterios ambiguos, software que no funciona, lineamientos que cambian, presupuesto que llega tarde, y un territorio que no se parece al “promedio” estadístico del escritorio.

En ese punto entra Lipsky: la política pública, en la práctica, la “fabrican” los burócratas de calle. El personal de ventanilla, salud, policía, inspectorías, escuelas y trabajo social toma decisiones en condiciones de presión, falta de recursos y reglas que no alcanzan para el mundo real. Para poder operar, desarrollan rutinas: priorizan casos, simplifican procedimientos, exigen documentos “extra”, aplican discrecionalidad para resolver conflictos entre norma y realidad. No siempre es malicia; muchas veces es la única forma de sobrevivir al volumen y la escasez. Pero el efecto es político: el diseño “universal” se vuelve implementación desigual.

¿Qué supuestos del diseño se rompen en territorio? Tres son recurrentes:

  1. Supuesto de capacidad: se diseña como si hubiera personal suficiente, formación homogénea y sistemas de información confiables. En territorio hay sobrecarga, rotación y aprendizaje por ensayo y error.

  2. Supuesto de coordinación: se planea como si instituciones cooperaran naturalmente. En la calle compiten por presupuesto, reputación y atribuciones; se pasan responsabilidades o duplican procesos.

  3. Supuesto de comportamiento: se asume que la ciudadanía cumplirá requisitos y “hará su parte”. Pero si los costos de acceso son altos (tiempo, transporte, internet, cuidado infantil), la política se vuelve un filtro social: llega más a quien menos la necesita.

La brecha diseño–implementación se perpetúa por una trampa de medición: el Estado suele medir actividad en lugar de resultado. Es más fácil reportar “capacitaciones realizadas”, “operativos ejecutados”, “expedientes integrados”, “beneficiarios registrados” que medir si la política cambió el problema: aprendizaje real, reducción de violencia, mejora de salud, aumento de empleo formal, disminución de impunidad, confianza institucional. Así, la política puede “mejorar” en informes mientras empeora en experiencia ciudadana.

Para salir del autoengaño, los indicadores deben cambiar de naturaleza. Tres criterios ayudan:

  • Indicadores de resultado final (outcomes): ¿qué cambió en el bienestar o daño social? (ej. reducción de reincidencia, mejora en aprendizaje medido externamente, tiempo real de resolución de casos, cobertura efectiva de salud, tasa de formalización sostenida).

  • Indicadores de equidad de implementación: ¿a quién le llega y con qué calidad? (brechas territoriales, por ingreso, género, rural/urbano; tasas de abandono del trámite; variación entre oficinas).

  • Indicadores de experiencia y fricción: ¿cuánto cuesta acceder? (tiempo total, número de visitas, requisitos adicionales, rechazo por “observaciones”, tiempo de espera, reinicios del trámite). Si la fricción sube, la política deja de ser derecho y se vuelve prueba de resistencia.

Una política que existe pero no funciona no es un accidente aislado: es el síntoma de un Estado que confunde promulgación con ejecución y reporte con realidad. El ajuste no es solo “más presupuesto” o “más vigilancia”; es diseño con implementación desde el inicio: pilotajes reales, capacidades verificadas, coordinación con responsables claros, incentivos alineados y medición orientada a resultados y equidad. En otras palabras: no basta con crear políticas; hay que crear las condiciones para que se vuelvan reales donde importa: en el territorio.

Referencias

Kingdon, J. W. (1995). Agendas, alternatives, and public policies (2nd ed.). HarperCollins.

Lipsky, M. (1980). Street-level bureaucracy: Dilemmas of the individual in public services. Russell Sage Foundation.

Pressman, J. L., & Wildavsky, A. (1973). Implementation: How great expectations in Washington are dashed in Oakland. University of California Press.

Publicar un comentario

0 Comentarios