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Por qué estudiar ya no alcanza según Bourdieu


Desde el discurso escolar hasta la épica familiar de clase media, se repite una promesa que funciona casi como religión civil: “si estudias, subes”. Es una fábula moral y, a la vez, un dispositivo político: ordena el mérito, disciplina el deseo y convierte la desigualdad en espera. Si no llegas, la explicación queda lista: faltó esfuerzo, faltó talento, faltó “ganas”. Lo que esa narrativa oculta —porque conviene ocultarlo— es que la educación puede seguir siendo valiosa y, aun así, dejar de operar como elevador social para convertirse en filtro: un mecanismo que clasifica, selecciona y legitima resultados que dependen de otras cosas.

A mediados del siglo XX, Pierre Bourdieu sostuvo que la escuela no solo transmite conocimientos: también reproduce jerarquías, porque transforma ventajas heredadas (lenguaje, redes, seguridad material, hábitos culturales) en credenciales “neutrales”. En su lectura, la meritocracia escolar no elimina la desigualdad: la vuelve respetable. La intuición es seductora —y corrosiva— porque desplaza el foco: el problema no es que estudiar “no sirva”, sino que no basta cuando el terreno está inclinado desde antes.


El punto, como muestran décadas de investigación comparada, es que la fuerza de una historia inspiracional no equivale a la solidez de un patrón social. Para probar si la educación sigue siendo un ascensor, hay que mirar dos cosas con lupa: movilidad intergeneracional (qué tanto determina tu origen tu destino) y retornos a la educación (qué premio económico real entrega el mercado laboral por cada nivel educativo). Y allí, en América Latina, la conversación se vuelve menos sentimental y más incómoda.


Un conjunto de estudios recientes sobre movilidad en la región sugiere que solemos subestimar cuánto pesa el origen, incluso cuando usamos variables “respetables” como años de escolaridad de los padres. Un documento de CEDLAS (Ciaschi y colaboradores) muestra que, al incorporar la ocupación de ambos padres como proxy de estatus socioeconómico —no solo su educación—, las estimaciones de persistencia intergeneracional aumentan entre 26% y 50% en cinco países latinoamericanos. En otras palabras: cuando medimos mejor el origen, se vuelve más evidente que la movilidad era más limitada de lo que creíamos.


México ofrece otra radiografía inquietante cuando se mira la movilidad como geografía y no solo como promedio nacional. Un estudio del CEEY reporta que la persistencia intergeneracional de ingresos varía brutalmente por región: en el Sur encuentra una persistencia cercana a 0.974, mientras que en el Norte se observa una asociación mucho menor (0.371), señal de que “estudiar para subir” no significa lo mismo según el lugar de nacimiento. El mérito, aquí, no es solo mérito: es también código postal.


La segunda pieza —los retornos a la educación— añade un matiz que suele incomodar a quienes venden la narrativa del ascenso automático. América Latina experimentó, en distintos periodos, una reducción del “premio” salarial asociado a la educación, en parte por aumentos de oferta de trabajadores con más escolaridad y por cambios en estructuras productivas. Un análisis difundido por VoxEU/CEPR sobre la región señala que la caída de la desigualdad estuvo impulsada, entre otros factores, por la reducción del “skill premium” (la brecha salarial por educación), y advierte que eso puede leerse de dos maneras: como avance distributivo, o como señal de problemas de calidad y productividad.


El golpe al mito no es afirmar que “la universidad no sirve”. Es más preciso —y más grave—: la educación sigue siendo condición necesaria en muchos trayectos, pero dejó de ser condición suficiente. En mercados laborales segmentados, donde el empleo formal es un recurso escaso, el título opera como boleto de entrada a una fila distinta, no como pase automático a una vida mejor. Y la fila, como ya sabemos, también gobierna.


¿Qué mecanismos vuelven frágil la promesa “si estudias, subes”, incluso cuando la educación mejora tu perfil? Hay al menos cuatro, que aparecen una y otra vez en la investigación comparada:


  • Herencias y redes: acceso a recomendaciones, prácticas, capital relacional y respaldo económico para sostener periodos de búsqueda o empleos mal pagados “de entrada”.

  • Geografía de oportunidades: no se asciende igual en economías con polos dinámicos y periferias estancadas; la movilidad se comporta como mapa, no como promedio.

  • Segmentación del mercado laboral: el diferencial no es solo educación, sino formalidad, protección social, sindicatos, trayectoria y sector productivo.

  • Cambio tecnológico sesgado hacia habilidades: aun cuando el discurso promete “empleabilidad”, el premio real depende de estructuras productivas y demanda efectiva de habilidades, no de credenciales abstractas.


En términos de poder y comunicación, el mito del ascenso por estudio funciona como narrativa disciplinaria: desplaza la mirada desde las estructuras hacia la moral individual. Quien no asciende, “falló”. Quien asciende, “mereció”. La desigualdad se reescribe como carácter. Bourdieu diría que esa operación es perfecta porque convierte la reproducción social en justicia simbólica: el orden se mantiene sin necesidad de declararse injusto.


Esto ayuda a explicar por qué la promesa sigue viva incluso cuando los datos la vuelven condicional. La historia del “sí se puede” es emocionalmente útil y políticamente rentable: ofrece esperanza sin exigir reforma estructural. Permite que las élites sostengan el mérito como explicación total; permite que los sectores medios conviertan el sacrificio en identidad; y permite que el Estado trate la movilidad como campaña, no como política industrial, laboral y territorial.


Nada de esto significa que la educación deba tirarse al basurero o que estudiar sea un engaño. Significa algo más exigente: estudiar no puede cargar solo con la responsabilidad de corregir estructuras. Si el mercado formal no se expande, si el territorio sigue distribuyendo oportunidades de forma desigual, si la productividad no crece y si la herencia (económica y social) pesa más que el esfuerzo, la educación se vuelve filtro: selecciona ganadores dentro de límites estrechos y legitima perdedores como si fueran casos individuales.


En términos políticos, discutir “si estudiar ya no alcanza” no es neutral. A veces se usa para alimentar cinismo antiacadémico; otras, para cuestionar modelos de desarrollo que prometen movilidad sin transformar la estructura productiva ni la desigualdad de oportunidades. La evidencia obliga a una conclusión menos cómoda y más útil: la educación importa, pero la movilidad es una arquitectura. Y esa arquitectura se construye con empleo formal, política industrial, transporte, vivienda, salud, protección social y reglas de competencia; no solo con diplomas.


Referencias (APA 7):

Báez, N. A. D., & Daza, J. (2021). Intergenerational earnings mobility in Mexico (Documento de trabajo). Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY).


Bourdieu, P., & Passeron, J.-C. (1970/1990). Reproduction in education, society and culture (2nd ed.). Sage.


Ciaschi, M., Fonzar, M., & otros. (2023). Intergenerational mobility in Latin America (Documento CEDLAS N.° 323). Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS), Universidad Nacional de La Plata.


Dávalos, M. E., & otros. (2025). Inequality of opportunities and intergenerational mobility (World Bank working paper). World Bank.


Gasparini, L., & coautores. (2025). Minimum wages and skill premiums: Evidence for Latin America, 1997–2019 (Documento CEDLAS N.° 345). CEDLAS, Universidad Nacional de La Plata.


Lustig, N., López-Calva, L. F., & Ortiz-Juárez, E. (2014). Wage compression and the decline in inequality in Latin America: Good or bad? VoxEU/CEPR.


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